martes, agosto 14, 2007

Los días que Miguel Hierro jamás olvidó (4)

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Los días que Miguel Hierro jamás olvidó (4 de ¿6?)


Giré lentamente la cabeza, hasta dar con el origen de aquella situación. La señora de la mesa de al lado estaba que trinaba. Menuda cara de mosqueo tenía. Cualquiera le decía algo. Y todo porque el camarero había pasado de ella por atenderme a mi. Pensé en ir corriendo a la cocina para llamar al camarero y que la atendiera, no fuera que la pobre muriera de inanición, pero... no quería que se enfriara el chuletón de carne que tenía delante de mi. La verdad es que con todo eso de la señora, me olvidé un poco de lo que me esperaba después y pude cenar más tranquilo.

Y justo cuando me eché a la boca el último trocito de carne, el camarero me vino con una pequeña tarta. Me volvió a pedir disculpas por lo del cuchillo sucio y me comentó que la tarta era una compensación por las molestias. Menuda pinta tenía el postre... En condiciones normales, ya hubiera quedado menos de la mitad de la tarta, pero en vez de tomármela, pensé que podría compartirla más tarde con Mar. Seguro que le encantaría el detalle.

Así que echándole un poco de morro, me levanté, cogí el plato de la tarta y me dispuse a ir a mi habitación. La señora no me quitaba ojo, y mientras hacía una mueca de desprecio, dijo algo entre dientes. A lo que yo le contesté que se metiera en sus asuntos. Faltaría más que la papagaya esta me tuviera que decir lo que estaba bien y lo que estaba mal.

Pocos minutos después, estaba de vuelta en mi habitación. Metí la tarta en la mini nevera y me paré a mirar a mi alrededor. Mi maleta y algunas cosas estaban por en medio, así que aproveché parte de la espera para ordenar un poco la habitación y que pareciera más acogedora. Al poco oí unos golpecitos mágicos en la puerta de la habitación. Abrí la puerta y allí estaba Mar, la limpiadora. Estaba deslumbrante. Se había puesto un vestido oscuro con algunas transparencias en los hombros y en las piernas. Y se había soltado el pelo, que ahora caía libre por su espalda. A pesar de estar guapísima, le sobraba algo de maquillaje para mi gusto. Aunque seguramente lo llevaría para disimular los efectos de la tristeza que le suponía trabajar en el hotel.

Pensé que la noche era muy larga y que a ella le vendría bien divertirse también bailando. Ya habría tiempo después para estar a solas. Pero ella rechazó ese plan, empujándome hacia dentro de la habitación y cerrando la puerta del pasillo. Si ella quería ir más directa, no me iba a negar. Ella se encaramó a mi y me guió hasta la cama. Un pequeño empujoncito bastó para tenderme en el colchón. Pero en vez de que ella cayera sobre mi tal y como esperaba, sólo se tendió sobre mi para susurrarme sensualmente al oído: “Ponte cómodo, enseguida estaremos juntos”. “¿A dónde vas?”, le dije. “Voy a arreglarme. Dame unos minutos”, dijo con una voz sensual mientras se dirigía al pequeño cuarto de aseo. “Pero... pero si no necesitas nada más. Estás muy bien así...”, repliqué.

Antes de cerrar la puerta del aseo se asomó y dijo: “Te tengo preparada una sorpresa... Sólo has de saber esperar...”. Lejos de ponerme más cachondo aún, eso me dejó muy intrigado, e incluso había algo que no me gustaba. ¿Qué me iría a preparar esta chica? ¿Y con qué? Si no había traído ningún bolso o neceser... Estuve unos minutos dándole vueltas a la cabeza... Que si iba a preparar una baño caliente para los dos, que si me sorprendería con la lencería que llevaba puesta, que si en realidad era un tío...

Cuando abrió la puerta del aseo, pegué un salto de la cama por la tensión acumulada de esos momentos de incertidumbre. Se asomó y me regañó sutílmente: “Veo que no eres muy obediente. Cuanto más tardes en ponerte cómodo, más tardaré en salir”. Estaba perplejo y aún más intrigado. Le hice caso y me volví a recostar en la cama. Cerró la puerta del aseo y esta vez se puso a canturrear algo. Qué voz más dulce. ¿Por qué tener esta tensión? Alguien así no podría prepararme algo con mala intención o que yo no quisiera hacer. No tardé en calmarme y... ¡¡en tener sueño!! Mierda, no me podía dormir en ese momento. Aunque intentaba por todos los medios mantenerme despierto, el viaje hacia el mundo de los sueños parecía inevitable. Y así fue: me dormí.

El fuerte ruido de unos golpes me hizo pegar un salto en la cama. Tras unos instantes de intentar tomar consciencia de lo que estaba pasando, me percaté de que por la ventana entraba luz. Era de día, aunque estaba lloviendo. ¿Qué había pasado? No había ni rastro de la limpiadora, pero sí había cierto desorden en la habitación. Me fijé en mi, y aún llevaba la misma ropa que anoche. Otra tanda de golpes me sobresaltó de nuevo. “Abra la puerta”, gritó una voz grave y ronca. Se oía cómo intentaban abrir con llave desde fuera, pero al parecer, no se podía al estar mi llave puesta por dentro. “¿Quién... es?”, pregunté con voz temblorosa mientras intentaba ponerme en pie. “Policía, abra la puerta”, respondieron.

¿La policía? ¿Qué querrían de mi? Abrí la puerta y me encontré a dos personas, una de ellas apuntándome con una pistola. El otro me empujó hacia la pared, obligándome a levantar los brazos. Mientras uno me estaba registrando, el otro, acompañado por un agente de policía, entraron a la habitación y se pusieron a registrar mis cosas. Para mi sorpresa, encontraron una camisa ensangrentada dentro de mi mochila. Y para colmo de males, envolvía un cuchillo. El que estaba conmigo me esposó, mientras me decía: “Queda detenido como sospechoso de asesinato. Se procederá a tomarle declaración...”. En ese momento estaba perdido, dejé de prestar atención a lo que me decían. ¿Sospechoso de asesinato? Tampoco fui capaz de decir nada que se pudiera entender.

No daba crédito a lo que me estaba pasando en esos momentos. Me llevaban a la entrada del hotel. Fuera diluviaba. Un agente venía desde un todo terreno que había aparcado fuera. “Señor, ahora mismo no es posible llegar al pueblo. Las lluvias han provocado un desprendimiento de parte del camino”, dijo el agente. “Menuda oportunidad...”, dijo el hombre que me llevaba, “¿sabes cuándo tienen previsto reestablecerlo?”. “Está de camino un camión con piedras y arena. Si amaina, es posible que se pueda pasar en un par de horas”, respondió el agente.

Supuse que el hombre que me llevaba era un inspector de policía. “Tendremos que empezar a interrogarte aquí en el hotel, para ganar tiempo”. Volvimos a mi habitación, donde estaba el otro inspector, que era como dos o tres veces su compañero. Me sentaron en una silla, y ellos se pusieron al otro lado de la mesa, en frente de mi. Yo estaba temblando y notaba que el corazón se me iba a salir de un momento a otro. En qué se vio uno de ellos en poder tomar mis huellas. Tan pronto como lo hizo, salió de la habitación, quedándome a solas con el inspector más corpulento. No me atrevía ni a mirarle. Menos mal que no abrió la boca para decir nada, porque no sé yo cómo estaría para recibir más sobresaltos.

Al poco volvió el otro inspector, que le susurró al otro algo de que mis huellas coincidían. Parece que eso activó algún resorte en el inspector más corpulento, y fue entonces cuando clavó en mi una mirada amenazadora que no pude evitar mirar. Estuvo mirándome unos segundos, durante los que pensé de todo. Incluso vi algo curioso y gracioso en su mirada. Resulta que el hombre tenía ciertos rasgos simiescos, e incluso al enfadarse, sus ojos se quedaban algo bizcos. En otra ocasión se me podría haber escapado la risa, pero lamentablemente, no tenía ganas de reír... al menos hasta que escuché su pregunta. “¿De qué conocías a Miguel Hierro, la víctima?”.

Me quedé perplejo. Miguel Hierro soy yo. Y no estoy muerto. Y tampoco he matado a nadie. No sé, algo en mi interior me empezó a tranquilizar. Seguro que se trataba de un malentendido... ¡¡o una broma!! ¡¡Claro!! Me la han estado jugando desde que llegué. ¿Cómo iba una limpiadora buenorra a lanzarse tan directa a mi? Seguro que la acusación esta era el colofón final de la broma. El hombre me repitió la misma pregunta, más fuerte y con más rabia. Pero esa vez, no pude aguantarme la risa al ver su expresión, que estaba aún más acentuada. Terminé por dar una carcajada, ante la mirada asombrada de ambos inspectores. Pero poco me duró la risa ya que encajé un buen puñetazo en toda la cara de parte del inspector gorila. Tan fuerte me dio, que la silla en la que estaba se volcó y caí al suelo. Nota mental: Nunca te rías de alguien que sea el doble de corpulento que tú, por muy gracioso que sea.

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