sábado, julio 21, 2007

Los días que Miguel Hierro jamás olvidó (1)

¿Quién es Miguel Hierro? ¿Por qué ha desaparecido? ¿Por qué ha muerto?

Miguel Hierro es un personaje de ficción, de una historia que escribí hace unas semanas para un concurso. La historia original está limitada en cuanto a extensión, así que una vez finalizado el concurso (y no haber ganado), he decidido reeditar la historia para publicarla en el blog. Así que cachito a cachito ireis conociendo por fin a Miguel Hierro (si quereis). Como aún no está reeditado todo, no sé cuántos trozos saldrán, pero calculo que unos 6.

Creo que no hace falta que siga hablando de él. Lo mejor es que lo vayais conociendo en esta historia "narrada por él", aunque no se digne ni a decir su nombre. Espero que os guste.

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Los días que Miguel Hierro jamás olvidó (1 de 6)

Y ahí estaba yo, con un par de maletas y una mochila a cuestas, delante del lugar en el que pasaría los próximos cuatro días y descansaría después de lo que me había sucedido durante la semana. Para ponerte al tanto, hace apenas cinco días terminé una relación por un tema de infidelidad. ¡Eh, que no fui yo! No vayas a pensar mal de mi en apenas un párrafo. ¡Eh, y tampoco que soy un cornudo! Mi exnovia tampoco fue. Se trata de algo más complicado y retorcido, pero no viene al caso entrar en detalles ahora.

Tras la ruptura, decidí hacer muchos cambios en mi vida. Lo primero, respirar libertad. Se acabó eso de tener que hacer lo que le diera la gana a ella y de ser como ella quisiera. Por ejemplo, yo llevaba el pelo un poco largo antes de conocerla. Después, cuando quise cortármelo, ella me lo impidió, porque le gustaba así y tal y cual. Estéticamente estaba bien, porque lo tenía muy cuidado, pero en verano daba muchísimo calor. Hace dos días, me puse en las manos del peluquero. Me quité un gran peso de la cabeza.

Otro tema en el que ella tenía mucha mano sobre mi era en la ropa. Como ella es una niña bien, yo tenía que ir hecho un pincel. Ella me arrastraba a ir a comprar, aunque siempre me tenía que comprar lo que a ella le gustaba. ¿Qué cómo la he soportado tanto tiempo? Bueno, a pesar de esto, ella tenía muchas virtudes por las que merecía la pena estar a su lado. Además, había algo importante como para seguir adelante con la relación, pero también es muy largo de explicar. Además, me estaba calando ahí fuera.

Odio la lluvia. ¡La odio! Durante el viaje hacia aquí, ha estado soleado, hasta que ha empezado a encapotarse el cielo hace menos de una hora. Espero que la piscina sea cubierta. Y que el tiempo vaya mejorando, que me gustaría hacer una excursión por la sierra. Quiero desconectar de todo: exnovia, móvil, ciudad...

Volviendo a la realidad... He tenido que cargar con las maletas y la mochila desde el coche hasta la recepción del hotel. Los botones han brillado por su ausencia, no vaya a ser que se mojen y encojan. Estaba empapado.

Una vez dentro, resguardado del agua, me dirigí hacia el mostrador de la recepción, donde en ese momento, un hombre, que sería el recepcionista, estaba gritándole a una muchacha que estaba con él. Ella tenía pinta de ser del servicio de limpieza. “¿Pero qué haces todo el día dando vueltas por el mostrador? Ya te he dicho que dejes de fisgonear y te pongas a lo tuyo...”. Seguro que si no llega a ser porque delante había clientes, le grita algo peor. Menudo ogro. Y pobre chica, menudo chaparrón se había llevado. Le habían roto el alma. Sus ojos estaban llorosos... brillantes... bonitos... ehm... ejem... Bueno, sí, lo confieso. La chica me hizo tilín. ¿Qué pasa? No me puedo resistir a unos ojos así. Cuando pasó por mi lado y cruzó su mirada con la mia, pude verlo todo con más detalle. Sus ojos buscaban consuelo, comprensión, ayuda...

“Hola Antonio”. Como yo estaba embobado con la limpiadora, el renacuajo que tenía delante repitió su saludo. “Hola Antonio”. Al principio me quedé extrañado, porque yo no me llamo Antonio, pero el niño me lo decía a mi. Miré a mi alrededor y comprobé que no había nadie más. Entonces recordé que yo de pequeño solía inventarme nombres para el resto de la gente, aunque no los conociera. Supuse que él estaría haciendo algo parecido, así que, le devolví el saludo: “Hola Pedro”. El crío sonrió. ¿Habría acertado su nombre? Qué importaba eso... el niño siguió a lo suyo, pelearse con su hermana.

Mientras en el mostrador atendían a sus padres, busqué en mi mochila un talonario con el que pasaría mi estancia allí sin pagar nada, excepto las comidas. Hace dos o tres semanas fui junto a la que era mi novia a una de esas reuniones en las que te comen el coco para que compres una enciclopedia o una batería de cocina. Y como obsequio, nos dieron una estancia de cuatro días en este hotel. Claro, que el padre de ella, todo un dictador, no la hubiera dejado disfrutar la estancia conmigo. Vamos, ¡ni loco! El día después de romper, me acordé de este talonario. Así que aproveché que tenía que ir a su casa a llevarle unas cosas suyas y a recoger otras cuantas mias, y se lo pedí. Al principio, ella no quería dármelo, pero su padre allí presente, le obligó a darme ese talonario. El padre de ella... ¿a mi favor? Menuda sorpresa, pues yo no le caía demasiado bien...

Y por fin llegó mi turno en el mostrador. Le entregué el talonario al recepcionista y tras comprobar que efectivamente había una reserva a mi nombre, me preguntó: “¿Viene solo?”. Le respondí que sí, pero antes de poder contarle toda la movida que había tenido en los últimos días con mi ex, él continuó: “Resulta que su reserva es de una suite para 2 personas. ¿Le importaría ocupar una habitación individual? A cambio, tendría gratis las comidas y cenas del hotel, así como acceso gratuito las 24 horas del día a las instalaciones deportivas”. Muy tentador... A ver, comidas gratis, cenas gratis, piscina gratis... y todo por una habitación que no voy a poder disfrutar como debe ser. “De acuerdo, por mi no hay problema”, le contesté. Tras agradecérmelo, se puso a trastear el ordenador; supongo que para hacer el cambio de habitación. Después de un par de minutos de espera y una firmita, me entregó la llave de mi habitación.

Qué cosas hacen ahora... La llave era una tarjeta inteligente, pero con forma de llave tradicional. Me sé de uno al que le haría gracia verla. Lástima que no haya traído una cámara o el móvil. ¿Para qué? ¿Quién me iría a echar las fotos a mi? Como yo iba pensando en mi mundo, no me di cuenta que había alguien al lado de mi hasta que le golpeé con mi abultada mochila que llevaba a la espalda.

1 comentario:

Unknown dijo...

"...ella tenía mucha mano ella..."
Fix!

Me ha enganchado la historia. Nos vemos en la 2ª parte :)